Un picaro destello de ilusión renace dentro mío cuando tus ojos se detienen un instante sobre mi. Este me visita cuando te acercas a recitarme tan solo unas simples y fugaces palabras. O cuando simplemente no decis nada, pero te quedas a mi lado quieto rozándome esporádicamente.
Esa pizca de ilusión que me sorprende cuando estás cerca, pero que no sirve de nada porque ya sé que eso que alguna vez estuvimos a punto de crear se quedo estancado en el pasado. Es mi deber, entonces, acabar con esa ilusión; cortarla de raíz, ahorcarla, ahogarla, apuñalarla y asesinarla para que luego vos no me hagas daño. Para que luego no nos hagas daño. Para que luego no se hagan daño. Para que luego no te hagas daño. Para que no te contagies de ella. Debemos destruirla antes así no nos terminamos destruyendo a nosotros mismos. Porque ya fue, ya lo intentamos. Nunca quisimos comprometernos, el compromiso no nos caracteriza, no es para nosotros; nos hacemos los open-minded, hasta que esta mente tan abierta nos termina encerrando y encarcelando en nuestros propios egos. Y así terminamos. Si me dieran la oportunidad de volver el tiempo atrás a aquella noche de viernes de febrero envenenada por el poder del tequila, te juro que impediría que todo lo que sucedió suceda y me iría a las once de la noche como bien tenia planeado. Y nada nunca hubiese ocurrido. Hubiese quedado todo dentro de un eterno juego de seducción, y ninguno de los dos hubiésemos salido tan quemados por jugar con fuego. Ya está.
Pero ayer las cenizas que quedaron volvieron a arder. Y la culpa la tiene toda esa ilusión que quedo dormida por un tiempo pero despertó una vez que notamos que esa tensión que quedó de lo nuestro se aflojó y volvió a ser más o menos como el verano pasado, con esos jueguitos tan clichéados pero que a nosotros nos gustan tanto.